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Sabala, el jardín prohibido del reino de Ayanu.

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Los embajadores que visitaban al rey Ayanu, poderoso monarca del pequeño pero rico reino de Imala, quedaban siempre cegados por el brillo de su enorme tesoro secreto. Ayanu se ufanaba visitando la cámara que lo guardaba, cuyo brillo de oro y piedras preciosas rivalizaban –se decía- con el brillo del propio Sol que regaba de luz los ricos campos del reino. Ayanu, vanidoso y pagado de sí, agradecía aquellas demostraciones de asombro, y las enriquecía con lo que él consideraba su mayor tesoro: un majestuoso harén donde guardaba doscientas de las más bellas doncellas venidas de todos los confines del mundo. En cierta ocasión recibió a un legado de Roma, ya que el emperador Domiciano había puestos sus ojos en aquel rico reino, y buscaba hacerlo vasallo. Ayanu era feliz de acoger embajadores en su corte, y ante todo quería agradar al que sin lugar a dudas, era el imperio más poderoso conocido. Tras una cena bien regada con vino y licores, el legado le habló de la depravación de la corte del emperador.

-Hombres y mujeres con ropas mínimas, desquiciados en delirios de amor; allí no hay maridos ni mujeres ni lazos que unan. Somos un todo único donde todos yacen con todos, sin distinción siquiera de sexo.

El vanidoso rey Ayanu no dejó impresionarse, y le llevó a visitar su harén.

-Aquí, estimado legado, son todas para mí, y todas me pertenecen, y me dan sus placeres.

El legado observó a las doncellas, realmente impresionado por las bellezas que tenía ante sí. Y no sólo eran bellas, sino que sus miradas felinas las definían como mujeres hambrientas y deseosas.

-No se preocupe, querido legado, puede elegir a cualquiera para que le acompañe durante esta noche cálida. La hospitalidad del rey Ayanu no es mera leyenda.

El legado caminó entre las muchachas, que a su vez, le miraban con ardoroso deseo. Alguna le mostraba impúdicamente sus senos, otra abría sus piernas, como compuertas que se abren a un infierno de ardoroso deseo.

-Son doncellas exquisitas, como verá, y ciertamente dispuestas.

El legado se fijó, no obstante, en una preciosa muchacha que descansaba al lado de una ventana, por la que dejaba perderse su mirada. Era sin lugar a dudas la más bella de todas. Un cabello negro y ondulado, largo como la noche de invierno. Unos ojos oscuros y profundos, compuestos dentro de un contorno rasgado y sutil. Un cuerpo pequeño y voluptuoso, fino y ardiente. El legado cayó hechizado.

-Veo que habéis elegido, estimado legado –dijo el rey Ayanu-. Y es ciertamente la mujer más bella que he tenido el placer de contemplar. Pero andaos con mucho ojo y no esperéis domarla: esa muchacha es hija de una bruja de Damaké, más allá de las montañas iranias. Bien podría decirse que lleva a dios y al diablo dentro. Simplemente montadla y olvidaos de nada más.

Aquella noche el legado fue a su aposento, a esperar que le trajeran a aquella inquietante belleza. No tuvo que esperar mucho. Al ver abrirse la puerta el legado sintió que su miembro se enfurecía como víctima de un latigazo. Sabala, el nombre de aquella doncella, apenas traía como prenda una suave toga de lino tan fino que transparentaba casi tanto como el mismo aire, y el legado pudo ver perfectamente la compostura de sus pechos y la ligera vellosidad de su sexo.

-Mi nombre es Sabala y soy vuestra esta noche.

El legado no pudo dilatar más aquello y saltó enfurecido sobre la muchacha, a la que besó casi con rabia. Ella se dejaba hacer, sumisa, pero algo confundió al legado, que se detuvo irritado.

-¡No estáis aquí, conmigo! –exclamó con ira.

-Esta noche soy vuestra –repitió ella, impasible.

El legado la cogió de los pelos y la arrastró hasta la cama. Ella no protestaba y se dejaba hacer. La puso boca abajo, arrancando su túnica. Sacó su miembro pétreo y la penetró salvajemente. A pesar de la ferocidad de las embestidas, la muchacha no demostraba ninguna emoción en su rostro. Una luna creciente se desgranaba a través de la celosía de la ventana, quebrando su luz blanca dentro de la estancia.

El legado se volvió a detener, jadeando.

-¡No gritáis, ni gemís! ¡Ni siquiera lloráis!

Harto, el legado trató de ignorar esto y la penetró tres veces más esa noche, con sus respectivos líquidos, que llenaron la vagina de Sabala de grasas blancas. Sin embargo, la muchacha siguió exactamente igual. Llamó para que se la llevaran, molesto e inquieto. A pesar del cansancio, no pudo pegar ojo. No podía quitarse a la muchacha de la cabeza.

A mediodía el legado se reunió con el rey Ayanu en el almuerzo.

-Vuestros ojos oscurecidos denotan que no me hicisteis caso. Esa mujer es indomable. Hay que contentarse con penetrarla y desahogar, porque esa muchacha es hija de una bruja.

-He asistido a orgías donde se yacía tres días seguidos con sus tres noches. ¡He hecho gemir de dolor y espanto a las rameras más salvajes de Roma! ¡Domaré a esa perra! –exclamó el legado pegando con el puño en la mesa.

-Lleva a dios y al diablo dentro, estimado legado –contestó Ayanu muy tranquilo-. No juguéis con fuerzas que nos son desconocidas a nosotros, los varones. Penetradla y desahogar, no conseguiréis nada más. El precio que puede pagar buscando imposibles puede ser muy alto.

Sin escuchar las sabias palabras del vanidoso rey Ayanu, el legado hizo que llevaran a Sabala a la noche siguiente. Volvió a agarrarla del pelo y la lanzó a la cama, pero esta vez la ató de pies y manos, con las extremidades extendidas en cruz. La fustigó con una vara durante diez minutos.

-Ahora seréis más dócil –exclamó el legado mientras comenzaba a penetrarla. La sacudía con la fuerza de un barco chocando contra arrecifes. La piel de Sabala, fina como la arena del desierto, parecía pedirle más y más, aunque el rostro de la muchacha seguía exactamente igual que la noche anterior, y se limitaba a observar la luna creciente a través de la celosía, sin ningún rastro de emoción en sus ojos.

El legado la forzó varias veces y cada vez con más fuerza. Había consumido un elixir traído de Roma que vigorizaba su sexo. La penetró varias veces boca abajo, la puso contra la pared, la azotó con rabia entre sexo y sexo lo que dejó su espalda húmeda de sangre. Metió su cabeza en agua para asfixiarla mientras le empujaba los suaves y duros glúteos de la muchacha. Durante horas practicó todo tipo de posturas y forzamientos con la muchacha, quien, a pesar de todo, no variaba su compostura, como si su ser fuera ajeno a todo aquello. Simplemente miraba hacia la ventana, y si el legado hubiera sido hombre más perspicaz hubiera encontrado en algún momento la fugaz y maliciosa sonrisa de la muchacha a la Luna.

El legado continuó penetrándola durante horas, cada vez con más fuerzas. Poco antes del amanecer, mientras el legado penetraba a Sabala como a una fiera del campo, comenzó a sentir cómo temblaban sus piernas y su corazón se ponía duro. Llevaba ya un buen rato notando que el aire cada vez entraba más pesado en sus pulmones. El legado ignoró estos síntomas, lleno de ira.

-¡Decidme algo, zorra! –exclamó con voz rota mientras tiraba del pelo de la muchacha con odio y aumentaba la cadencia y fuerza de sus embestidas.

La muchacha sonrió de nuevo a la Luna justo en el momento en el que el corazón del legado dejó súbitamente de latir. Un gemido sordo y doloroso sirvió al legado de despedida de este mundo, y cayó abatido, como fulminado por un rayo, sobre el suelo.

A la mañana siguiente el rey Ayanu encontró el cadáver del legado y ordenó que cubrieran el cadáver y lo sacaran de allí. Sabala dormía plácidamente en la cama de seda. Ayanu acarició su cabello, en ese único momento en que veía la fragilidad oculta de la muchacha. La serenidad de su rostro dormido apaciguó la ira del rey, y dijo para sí.

-Verdaderamente llevas a Dios y al Diablo dentro, pequeña muchacha –murmuró el rey-. E Imala entera te adora y agradece, Sabala, porque mientras tú existas nuestro reino seguirá libre.

Ordenó que la dejaran descansar, y que cuando despertara la bañaran con leche y la vistiesen con oro y perlas.

 

 

Cuento erótico escrito por Leyre Khyal.

Imagen: Eugene Pierre Francois Giraud (Spanish, 1846-1873)
İnterior of a Harem.

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