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Relatos calientes: La brujita Lorea

Carol me había invitado a una de sus exposiciones de fotografía. Me estaba enseñando una de sus obras. La luz estaba torpemente quemada y la composición era vulgar. ¿Qué se podía esperar de una fotógrafa que mide su supuesto talento por el número de seguidores que tiene en Facebook? En todo caso era mi amiga, y eso implica ciertas concesiones.

-Es un concepto oblicuo –dije, soltando la primera estupidez que se me pasó por la cabeza.

-¡Exacto! –respondió alborozada la pobre.

Allí me presentaron a Lorea. ¿Qué puedo decir? Nada más verla sentí que todas las células de mi cuerpo se desquiciaban. Era un demonio con un voluminoso cabello color caoba, con carita de muñeca traviesa, pechos turgentes y mirada irónica y llena de sensualidad. Procuré no mirar mucho su magnífico trasero respingón.  Cuando la escuché mofarse de la falsedad de los supuestos artistas de moda de Chueca y la estupidez del personal a la hora de hablar de temas de los que sólo sabían por cuatro pobres y malos artículos leídos en internet, ya caí rendido ante ella. Era una mujer que te miraba y parecía comprenderlo todo. Te desnudaba hasta en lo más profundo de ti.

Al final terminé por contarle que como escritor estaba seco, y aquello me hacía sentir deprimido y vacío. Llevaba unos meses realmente negros e improductivos. Ella sonrió displicentemente, con cierta coquetería, y se fue a buscar unas copas de vino.

Carol se acercó entonces y me soltó la bomba. Lorea tenía poderes. Era capaz de lograrlo todo. No me cupo la menor duda.

Lorea regresó con las copas de vino. Me miró intensamente con sus ojos marrones verdosos.

-Así que quieres que te devuelva el talento, ¿eh? –me dijo.

-Empiezas leyendo mi mente y terminarás arrancándome los ojos.

-Ese es un concepto oblicuo –dijo estallando en carcajadas.

Aquella mujer no era de este mundo, eso estaba claro.

-¿Podrías entonces devolverme el talento?

-¿Acaso alguna vez lo tuviste?

Esa diosa o bruja o lo que fuese no se andaba con bromas.

-Está bien, pues dármelo de una vez.

-Todo tiene un precio –respondió ella.

-¿Qué precio?

Se quedó mirándome unos instantes, hasta que respondió:

-Un orgasmo.

-¿Un orgasmo?

-Sí, un orgasmo. Me alimento de orgasmos. Es la fuente de mi poder.

Bueno, el precio parecía al mismo tiempo un regalo.

-Puedo darte ese orgasmo –dije, muy seguro de mí mismo. Seguía procurando no mirarle mucho el maravilloso trasero que tenía, ni sus pechos, pero cada vez se me estaba haciendo más difícil.

-Un orgasmo y te otorgaré talento literario.

-¿Eres una bruja? ¿Una diosa? ¿Quién eres? ¿De dónde has salido?

-Soy una mujer de verdad, idiota.

Dicho esto se fue al baño. Yo me quedé bebiendo vino con cara de lelo, sin saber muy bien qué hacer. Estaba claro que Lorea no bromeaba. ¿Una mujer de verdad? Había oído hablar de ellas, pero pensaba que no era más que una leyenda. El principio creador, la subversión del orden moral, el estado de caos antes del orden.

Viendo a la cajera del metro, a la última petarda que se desvive por un Gucci, a la vecina cachondona incapaz de salir a la calle sin embadurnarse la cara, o a las feministas ñoñas que tratan de convertir al sexo femenino en una especie de estuchito rosa acaramelado, se me hacía difícil creer en la mujer verdadera. Pero por alguna razón, aquella noche me había topado con una, y ya creía. Me iba a otorgar talento literario a cambio de un orgasmo. Joder, no te toca la lotería todos los días.

Fui directo al cuarto de baño donde se había metido. No se sorprendió mucho al verme entrar. Tan sólo me dedicó una sonrisa irónica que me turbó un segundo. Me lancé sobre ella y la besé con fuerza, lamiendo su húmeda lengua. Mi pene se puso erecto en dos segundos, y al sentir que chocaba contra su delicada pelvis simplemente sentí enloquecer, hasta las uñas parecía que iban a salir disparadas. Eché mano a ese trasero que me había emborrachado durante la velada, y lo apreté con fuerza. Ella parecía un tanto pasiva, pero no mostraba resistencia. Cuando metí mis dedos entre sus braguitas fue cuando se echó atrás.

-¿Qué coño estás haciendo?

-Me dijiste que un orgasmo… -mascullé turbado, sin saber qué decir.

-Un orgasmo, sí, ¿pero quién ha hablado de que follemos?

-A ver… un orgasmo… follar… Está un poco relacionado… -Cada vez me sentía más idiota-. ¿Quieres que te haga un dedo? ¿Qué te chupe el coño?

Ella comenzó a carcajearse, hasta llorar. Después de medio minuto sometiéndome a esa tortura pareció calmarse un poco. Me dio su tarjeta y me dijo:

-Anda, guapo, que no tienes tonterías que quitarte de la cabeza tú… Llámame un día de estos y veremos qué se puede hacer.

 

Lógicamente, la llamé al día siguiente por la mañana. Me citó en su piso esa misma tarde. Llegué muy nervioso, no podía quitarme de la cabeza el torrente de sensaciones casi cósmicas que había sentido al tocarla. Me recibió desnuda. Su cuerpo era como la brisa marina, suave y delicado. Sin embargo llevaba puesto un dildo, lo que me asustó un poco. ¿Querría probarlo con mi pobre trasero?

No dije nada y traté de aparentar normalidad. No quería que me tomara por un carca ni nada de eso. Pasamos a su habitación. Tumbada en la cama había otra tía, una preciosa morena de ojos verdes. En todo caso, yo sólo tenía ojos para Lorea, me tenía completamente hechizado.

-Puedes esperar un poco mientras termino –me dijo.

Lorea se echó sobre la morena y comenzó a besarle los pechos. Mi erección tardó en aparecer incluso menos que el día anterior. Cuando la morena se puso a cuatro patas y Lorea le penetró con el dildo estuve a punto de desmayarme. Me temblaba el cuerpo y sufrí esporádicos y violentos espasmos en mi entrepierna. Pensé que me iba a correr allí mismo, y tuve que pensar en una monja vieja y desdentada para controlar el asunto.

La morena se corrió con un intenso gemido que me taladró los oídos. Después Lorea saltó de la cama y se quitó el dildo. Me cogió de la mano y me llevó al salón.  Se recostó sobre el sofá, abrió sus piernas y comenzó a juguetear con su clítorix. Su sonrisa expresaba paz y armonía con el mundo. Yo no podía hacer ni decir nada, estaba fuera de mi propio ser.

-Quieres que te dé talento literario, tío –me dijo mientras se masturbaba-. El precio es un orgasmo. No puedo usar mi poder sin obtener nada a cambio.

-Lo entiendo –dije.

-No se trata de que me folles o me chupes el coño –continuó-. Pareces un poco lerdo, tú. La cosa es más complicada. ¡Y no me mires así! No soy una de esas vulgares calientapollas a las que estás acostumbrado.

-Perdona…

Ella seguía masturbándose. Sus ojos iban cerrándose poco a poco, al tiempo que sus pupilas parecían emitir un brillo cada vez más intenso.

-¿Sabes acaso algo acerca de la naturaleza del deseo y del placer?

-Casi nada, me dejo llevar por mis instintos.

-Eres un poco simple tú, pero eres muy gracioso.

-Oye, me dejas tocarte un poco.

-Bueno, venga.

Le acaricié un poco los pechos, deliciosos flanecitos a los que me hubiera encantado untar de nata. Sin embargo, ella parecía aburrida, y no tardó en apartarme las manos. Me quedé un poco cortado, sin decir nada. Simplemente miré al techo.

-Vamos a hacer algo más divertido –dijo Lorea incorporándose.

Me cogió de la mano y me llevó a una habitación. Era un lugar un tanto extraño, surrealista. Cama tenía, sí, pero estaba colgada de la pared, es decir, en posición completamente vertical. Tenía unas correas de cuero rosa.

-Venga, desnúdate –me dijo. A ver si podía yo negarme, así que me desnudé.

Me puso de pie con la espalda sobre la cama y comenzó a ponerme las correas en las cuatro extremidades.

-¿Te pone cachonda esto? –dije, algo molesto.

-No sabes cuánto –me respondió muy alegre.

-¿Me quieres explicar cómo te voy a arrancar un orgasmo así atado?

-¿Arrancar? –dijo Lorea con desdén-. Cielo, eres muy mono pero manejas unos conceptos un poco delirantes.

Sin añadir nada más, ella se agachó y metió mi polla en su boca. El inmenso placer que sentí cuando mi pene entró en contacto con sus labios y lengua húmeda me hizo olvidar completamente lo estúpido que me sentía en aquella pose. Mi pene se puso completamente pétreo, y parecía que fuese a estallar en cualquier momento. Era dolor y placer al mismo tiempo. Me lamió el pene durante unos instantes, con cierto salvajismo. En ocasiones pude sentir el roce de sus dientes. Se detuvo un instante y levantó su mirada hacia mí. Sus ojos echaban fuego.

-¿Te gusta?

-¡Por Dios, no me mires así! –exclamé angustiado por lo que temía que iba a llegar. Miré su carita de muñeca, mientras su saliva chorreaba por mi glande. Al final  no pude controlarlo más, estaba cantado. En mi vida me había corrido tan pronto.

-Menudo chasco –dijo ella, sonriendo mientras limpiaba su boca y su cara de semen- Voy a dar una vuelta por ahí mientras te recuperas un rato.

-¿Me vas a dejar aquí atado?

-Pues claro.

-No entiendo nada.

-No te quejes que he sido yo quien se ha manchado.

-Me pones muy cachondo. Jamás me había pasado esto.

-Eso decís todos.

Aquella mujer me estaba arrebatando el alma, la voluntad, la dignidad… Contemplé cómo salía de la habitación, haciendo botar levemente su turgente traserito. Estaba completamente subyugado y no acertaba saber por qué. Era una belleza, sí, pero bellezas había visto muchas, y alguna hasta había conseguido tirármela. No era eso, había algo más. Esa mujer no era de este mundo.

En esos momentos, ahí solo, esperándola, agradecía la ausencia de ningún tipo de espejo en la habitación. Podía imaginar mi ridícula pose, atado desnudo en una cama vertical. Con el pene aún chorreando. Está claro que la especie humana era algo más de lo que comúnmente pensamos. ¿No podíamos haber echado un simple polvo en el baño la noche anterior? No, las cosas debían ir de otro modo. ¡Qué chocante manera de estilizar nuestras relaciones sexuales! Desde luego, en esa pose nadie podía achacarme una cópula de vulgar primate. Cada vez me sentía más cómodo allí atado. En poco tiempo sentí que mi pene reaccionaba y comenzaba a erguirse. Me sentí orgulloso de él, se estaba portando.

En ese feliz momento entró Lorea de nuevo.

-Oye, mira –me dijo mientras me desataba-, me ha salido una cosa de última hora y tenemos que dejarlo por hoy.

-Pues vaya chasco. ¿Y de mi talento qué?

-No seas fantasma, que nunca has tenido nada que se le parezca.

-Dijiste que me darías el talento.

-Ya, y de paso un polvazo, ¿no?

-No soy yo quien puso las reglas.

-Bueno, pues ya no puede ser.

No podía creerlo. Estaba completamente enfebrecido. Sin embargo, aquello no iba a quedar así. La agarré de las muñecas y la apreté contra la pared.

-¡Dijiste que querías un orgasmo!

-¡Sí, pero ya no puede ser, tengo otras cosas mejores que hacer! –protestó ella.

La bese con fuerza. Ella se dejó hacer.

-Oye, no me puedes dejar así…

-Está bien, follemos. Métemela.

-Voy a metértela, es lo que pactamos.

-Que sí, hombre…

-Nadie juega conmigo de esta forma. Me he dejado atar.

-Venga, pues dale.

-¡Voy a penetrarte como si mi polla fuera una bala de cañón!

-No puedo imaginarlo.

-¡Te dejaré tan dolorida que tardarás en sentarte!

-¡Pero quieres dejarte de cháchara y ponerte ya a hacer algo, fantasmón!

La tiré al suelo y apreté sus pechos duros contra mi boca. Levanté sus piernecitas sobre mis hombros y la ensarté una buena cornada.

-Tienes menos imaginación que un pigmeo –dijo ella mientras la embestía.

Fue inútil, Durante veinte minutos hice lo imposible por complacerla. Pero estaba claro que aquello no iba a ningún sitio. Bastante tenía que hacer pensando en la muerte o en viejas monjitas para aguantar y no correrme de nuevo. Pero ella ponía cara de estar en otro sitio, un poco como que no le tocaba la fibra sensible.

Súbitamente ella cerró los ojos, se puso rígida y profirió un gemido intenso y agudo.

-¡Al final lo conseguí!

Ella sonreía.

-Espera un momento –protesté-. Has fingido el orgasmo y encima ni siquiera te has preocupado de hacerlo creíble.

Lorea comenzó a desternillarse de risa.

Se acercó a mí y me pasó la mano por el cabello, maternal.

-Si crees que tienes talento, trabájalo, suda, esfuérzate. Si el tiempo y el esfuerzo dejan frutos, ahí lo tendrás.

-Ya, así que ese era tu gran poder, ¿verdad? –dije, un poco decepcionado por todo.

-No te lo tomes así.

-Sabía que no tenías ningún poder, ¿eh? No soy tan estúpido.

-Te has enfadado.

-Un poco.

-Anda, que nos hemos divertido un buen rato.

-Si, pero me quedo con la sensación de follar como un chimpancé, y encima de mi talento nada.

Me miraba con ternura y sorpresa. Supongo que un tío simple como yo le resultaba ingenuo. Comenzó a masturbarse acariciando su clítorix.

-Tócame las tetitas.

Le froté los pechos con cuidad y suavidad. Ella iba acelerando el ritmo de sus caricias.

-Tienes muy poca fe, pequeñín –me dijo mientras se masturbaba.

En poco tiempo, cerró los ojos y sonrió, como si entrase en un profundo sueño. Su cuerpo se estremeció dulcemente hacia un lado.

Abrió los ojos suavemente, mientras sonreía. Me guiñó un ojo.

-Hala, ya está.

(Relatos calientes para subir la… temperatura 😉

 

 

 

 

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