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De la guerra.

Continuamos con un nuevo relato erótico, uno que quizá os sorprenda por su dureza y por el ambiguo, contradictorio y has cruel significado de la eroticidad.

Marzo de 1918, en las afueras de la villa de San Quentin, Francia. Llevamos destinados aquí más de dos meses. La lluvia ha inundado varias veces nuestra trinchera, y de poco ha servido entablarla: el barro se desliza entre la madera, como un cáncer imparable, y la engulle. Cuando caminamos los pies se nos hunden y hace de cada paso un suplicio. Hace unos días el sargento Wilkins comentó que parecía que la tierra nos iba a devorar antes que los propios alemanes, que nos iba a tragar y no iba a dejar ni los huesos. Y yo me digo, ojalá me dejaran sin huesos, porque la humedad me está matando a dolores, y aquí nadie te releva del servicio por un triste reuma.

            En estas fechas la campiña de Essex deslumbrará con su verdor, y los árboles ya habrán comenzado a florecer. Pero en este lugar que bien parece una estampa del infierno sólo se ven los esqueletos de los árboles incendiados y el campo gris desgarrado por los cráteres de los proyectiles.

 

-Se ha vuelto loco –dijo Cummings quitándose el casco.

-Lleva dos días muerta y comienza a oler.

-El olor a putrefacción es lo de menos en esta jodida trinchera.

-Nunca nos dejó catarla mientras vivió, el hijo de puta. Y ahí continúa encerrada.

-Era sólo para él. ¿Quién podía imaginar encontrar a una bella campesina francesa escondida en la granja?

-Ella me dijo que seguía esperando a su marido, un tal Ferdinand.

-Otro que a buen seguro fue a reunirse con el diablo en Somme. Ya podía esperar, la pobre ilusa.

-El teniente la hizo suya.

-Jodidos oficiales.

-El tifus se la llevó antes de que pudiésemos darle su merecido al teniente y poder catar a la muchacha.

 

Los muchachos nos habíamos reunido en el rincón de pensar, un saliente de la trinchera donde podíamos ir a beber o a machacárnosla sin que nos aguara la fiesta el teniente. Era un tipo de Londres, muy afectado, un niño rico que tuvo la mala idea de presentarse voluntario. Nos miraba a todos con desprecio, como seres inferiores. No éramos los compañeros de sus partidas de polo, precisamente. Nunca nos verían pavoneándonos en Ascot. Pero al teniente le había salido el asunto rana. No se esperaba una guerra como la que al final se encontró. Aquí no había nobles principios ni románticos ideales por los que luchar. Aquí, para empezar, se luchaba contra los piojos y el tifus, y eso era el aperitivo antes de que te empujaran contra varias toneladas de cañones del Káiser Guillermo. Aquí la suerte era caer abatido en el primer avance, para que luego te rezaran plácidamente el cadáver de vuelta a la patria. Seguir vivo era una condena de la que todos querían librarse de una vez. El teniente lo había comprendido también a las pocas semanas de llegar. Poco tardó en tener la mirada que teníamos todos, esa mirada estupefacta y fría ante el horror, un espanto sordo que se extiende como un virus y te congela los sentimientos, que difícilmente permite confraternizar con los camaradas. Él era el teniente del pelotón. Era quien mandaba. Apenas se limitaba a dar órdenes con desprecio y atusarse el bigote, que yo bien querría haberle arrancado con mis propias manos.

 

Hace unas semanas tomamos una granja y nos la encontramos. Era una belleza morena de piel muy blanca. Nada más verla hubo un consenso: agarrarla y convertirla en nuestra diversión mientras esperábamos nuestro billete al otro barrio. Pero el teniente hizo valer de nuevo sus galones. La encerró en sus dependencias y allí dio buena cuenta de ella. Por las noches, cuando el teniente se cansaba de ella y caía dormido, escuchábamos los sollozos de la muchacha, y en cierto sentido, sentíamos el alivio de habernos privado de la tentación que nos habría arrebatado la poca humanidad que nos quedaba.

La muchacha no tardó en enfermar. Yo iba a veces a llevarle comida, y veía cómo se iba consumiendo poco a poco. Esto nunca pareció afectar al teniente, que seguía montándola cada noche. Hasta que murió a las dos semanas.

-¿Querrá que la llevemos de vuelta a su granja y la enterremos allí? –le pregunté al teniente entonces.

-En absoluto –respondió secamente.

Fue algo que me dejó completamente perplejo. Aquella noche, intrigado, fui hasta la puerta de las dependencias del teniente, que bien se había guardado de cerrar a cal y canto. No obstante, la madera estaba podrida, y conseguí abrir un hueco con una navaja. Cuando vives meses en una guerra como aquella no te sorprendes por nada, y te habitúas a todo tipo de miserias. Obvia decir que lo que vi me revolvió las tripas.

La chica estaba tumbada sobre la cama, boca abajo. Su rostro se había amoratado, y aún tenía los ojos abiertos como platos, como si la estampa del horror que había sufrido en vida se hubiera congelado, se hubiera perpetuado. El teniente se bajó los pantalones, levanto la falda del cadáver e introdujo su pene dentro de ella. Comenzó a embestirla con fiereza, casi con rabia. Preso de una súbita rabia, la azotó varias veces mientras la insultaba, hasta que al final se llevó las manos a la cara, se desplomó sobre el suelo y rompió a llorar.

A la mañana siguiente el pelotón ya sabía del estremecedor divertimento del teniente, pero nadie tuvo arrestos para decirle nada. Le odiábamos, y de algún modo disfrutábamos dejándole continuar con semejante bajeza. Ya podía jactarse de su exquisita educación y de sus modales, que al final no era más que un depravado y un loco que forzaba el cadáver de una pobre diabla a la que había llevado a la muerte. Tal eran las cosas como debían leerse según los patrones más básicos de lo que entendíamos como humanidad. La guerra nos podía haber vuelto locos, nos podía haber separado de la noción de vida que habíamos entendido hasta entonces. Pero había límites, había espacios que jamás atravesaríamos, y que el teniente, sin embargo, había socavado por completo.

-Tendríamos que denunciarlo –dijo el sargento Wilkins.

-¿Estás loco? –dije yo-. La palabra de la tropa no cuenta nada. ¿No sabes qué ocurrió con el asesinato de McCleod, de la Tercera Compañía? Sus compañeros lo denunciaron al mismísimo coronel del regimiento. Y al final fueron enviados todos al batallón de castigo. Los oficiales son sagrados, y no se van a tragar semejante historia.

-Lleva dos días fornicando un cadáver, y el olor ya se extiende por toda la trinchera.

-Yo no pienso decir nada. Si el teniente quiere yacer con muertos, suerte tendremos si coge alguna enfermedad que se lo lleve a infierno, de donde nunca debió salir.

 

Al tercer día llegaron noticias de una ofensiva alemana. Al parecer el ejército alemán preparaba un ataque masivo para romper la línea, aprovechando la rendición de Rusia y la liberación de todas las tropas alemanas del frente del este. De nuevo volverían las lluvias de gases, las tormentas de fuego y azufre, el horror del compañero desangrándose a tu lado, las carreras a ciegas disparando el fusil como un loco, buscando el suficiente valor para llevártelo a la boca y apretar el gatillo, y terminar con tu absurdo instinto de supervivencia. Abandonar el horror de una vez por todas.

-Tienen ustedes que abandonar esta zona y reunirse con el grueso de la división en Roye –nos indicó el oficial de enlace del batallón-. Están ustedes de suerte: San Quentin está en primera línea, y les aseguro que la descarga de artillería aquí va a ser atroz.

Todos sentimos alivio al saber que nos sacaban de primera línea, salvo el teniente, que se quedó lívido.

Fuimos todos a toda prisa a recoger nuestro equipo y salir de allí cuanto antes. Pocas veces habíamos obedecido con tanta prisa y alegría.

Estaba recogiendo mi petate cuando sentí una mano que se apoyaba en mi hombro. Me di la vuelta. Era el teniente. Me hizo un gesto para que le acompañara fuera. Le seguí hasta sus dependencias. Bajo una sábana note el bulto del cadáver de la chica. El hedor era insoportable allí. No sé por qué me eligió a mí como confidente, ni nunca lo sabré, pero el caso es que se puso a hablarme como si fuera uno más, como si fuera uno de los suyos.

-Supongo que ya saben todos qué es lo que hago con el cadáver de esa chica, ¿no?

No respondí. Él continuó hablando.

-Yo no soy muy diferente de ustedes. Hemos perdido en esta guerra lo que nos señalaba como seres humanos, hemos cometido atrocidades sin descripción. He matado con mis propias manos a decenas de alemanes, chicos normales que en sus vidas normales serían zapateros, oficinistas, padres de familia… Personas que reían y lloraban. A un teutón lo maté a pedradas, había perdido mi fusil y me lance sobre él con lo primero que encontré. No sé cuánto tardó en morir, pero cuando lo hizo, de su cara no quedaba rastro de lo que en su día sería una mirada ingenua y bonachona ¿Qué importa ya? Lo perdido, perdido está. Estamos ya irremediablemente condenados –se detuvo unos instantes y cogió aire-. Después encontramos a esa muchacha y yo la tomé por concubina. Pero no era sólo el desahogo sexual. Yo la veía con odio, porque sentía que ella aún conservaba lo que a nosotros se nos había robado. La vida, la humanidad. Una sencilla campesina que sembraba los campos y ordeñaba sus vacas. ¡Y nosotros obligados a convertirnos en bestias, soldado Hopkins! –exclamó lleno de ira e impotencia-. ¡Nosotros obligados a ser animales que siembran muerte! Y cada noche, cuando la tomaba, quería arrebatárselo. Quería que ella también sintiera lo que es perderlo todo, la dignidad, la alegría. Quizás a través de ella quería vengarme de todos los seres humanos a los que se les había permitido seguir ejerciendo de tales. ¡Maldita puta, la exclamaba, mira lo que somos de verdad, siente el poder del mal que late en todos nosotros! Y así, hasta que al final falleció… ¿No dice nada, soldado?

-Señor, yo…

-No hace falta que diga nada, soldado –dijo entrecortadamente-. De hecho, no quiero que diga nada, quiero que escuche, ¿entiende? ¡Quiero que calle y escuche! ¡Maté a esa muchacha! Podría haberla llevado a retaguardia y que la curaran, pero por Lucifer, que no iba a dejar escapar a mi presa. ¡No podía o todo hubiera perdido el sentido! Cuando murió ni siquiera lloré. La estuve observando un rato hasta que comprendí el nuevo escenario. Y el escenario era que yo ya estaba muerto. Que estaba tan muerto como ella, pero por alguna razón mis órganos vitales seguían funcionando. Mi corazón seguía latiendo y haciendo circular la sangre, mi estómago seguía digiriendo, y mi culo seguía cagando mierda. Era algo absurdo, no podía comprenderlo, era una paradoja con la que me podría volver loco. ¿No lo entiende, soldado? ¿Son conceptos quizá que no se aprenden en las sucias tabernas de Liverpool? –pegó un puñetazo en la mesa y destapó el cadáver de la muchacha; salieron varias moscas y tuve que morder el puño para no vomitar-. ¡Mírela, soldado, mírela! ¡Aquí está la clave de todo! Aquella noche, tras un rato sopesando la nueva situación me di cuenta de que no se trataba de que yo tuviera que vengarme de nada. Soy lo que soy porque me ha tocado así, porque me han tocado ciertas cartas. No, no se trataba de vengarse de nada. La muchacha no era más que un camino, una senda, una estrella que me guiaba en la noche, una mano que me llevaba hacia donde yo realmente quería ir –cogió la cara de la muchacha con ternura y le besó la frente-. Pobre muchacha, a ella le tocó también un rol ingrato. Pero ahora entiendo que es la muerte que me ha evitado durante dos años, que ella es la que me traerá la redención. ¿Cuántas veces ha pensado en quitarse la vida, soldado? ¿Cien? ¿Doscientas? Todos los hemos pensado, estamos viviendo de una forma en que nadie en su sano juicio puede seguir aferrado a la vida. Pero sin, embargo algo nos detiene en el último instante en que nos llevamos la navaja a la muñeca. Hay algo defectuoso en todos nosotros, y que nos aferra a algo que llamamos vida pero que no es sino horror, espanto y dolores insoportables. Por eso, cada vez que la fornicaba me sentía más cerca y más preparado, quería que ella me llevara al lugar donde he querido ir desde que pisé el frente. No era placer lo que buscaba. ¡No hay placer en metérsela a una masa fría y putrefacta!

No entendía nada, salvo que el pobre diablo se había vuelto loco. De repente rompió a llorar como un niño.

-Márchense todos a Roye. Yo me quedaré aquí cuidando de este generoso ser que me ha devuelto lo que nunca debí dejar de ser.

Salí de allí corriendo y cogí mi petate. Los muchachos estaba ya subidos al camión, que arrancó inmediatamente.

-¿Y el teniente?

-No digáis nada y larguémonos de aquí.

-¿Qué dirán luego en la división? –dijo el sargento.

-Que digan lo que quieran.

 

Llevábamos ya media hora de marcha cuando comenzamos a sentir las primeras descargas de artillería, y el ruido sordo y lejano de las explosiones. Afortunadamente, nosotros ya estábamos a salvo. Me asomé entre la lona y vi los destellos de los proyectiles cayendo en la zona de San Quentin. Las estelas de las descargas iluminaban el horizonte como un amanecer incendiado, y por alguna razón que aún hoy no me explico, recordé las verbenas de Colchester, donde los parroquianos danzaban con  rollizas mujeres, y la espuma de cerveza se derramaba junto a la música de los acordeones y los violines, casi celestiales,  e imaginé al teniente bailando sudoroso y borracho con la muchacha, en un frenesí histérico que los arrojaba a una hoguera donde yacían cuerpos desnudos en una eterna fornicación, cuyo humo de destellos azulados se elevaba hacia las estrellas, en una danza sagrada que enlazaba lo sublime con lo atroz. Una euforia desorbitada me invadió entonces y sentí la rotunda certeza de que también yo participaba de aquella excelsa celebración.

De la guerra he aprendido que Dios se divierte en el Infierno.

 

Relato erótico tantrasecretspa.com. Co- escrito por L.K y A.E

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