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CUENTO ERÓTICO POR NAVIDAD

Continuamos la literatura erótica con un relato navideño, que espero que hagan de vuestras fiestas un momento de gozo y placer.

CUENTO ERÓTICO DE NAVIDAD

-¡Han convertido el Nacimiento del Señor en una fiesta pagana! ¡En una casa de putas!–exclamó la tía Águeda mientras bajaba la persiana del salón.

Eduardo Costas había ido a vivir con su tía desde el accidente de sus padres, cuando tenía doce años. Llevaba más de veinte años viviendo en aquel piso lúgubre, al cuidado de aquella mujer siniestra y beatona, de cuyo dominio cual jamás había podido sacudirse. Lustros viviendo en ese búnker de amargura donde el tiempo parecía detenerse.

En ocasiones Eduardo se asomaba a la calle, cuando su tía se dejaba vencer por el sueño de la tarde, y observaba la vida que ya parecía habérsele escapado por completo. Su vida era esperar, esperar a la nada. Simplemente esperar y que no pasara nunca nada, salvo el viento del invierno golpeando la ventana.

Las Navidades habían llegado al pueblo como cada año con su explosión de ilusión y sonrisas. Las calles se llenaban de luces, los buenos tipos se tomaban sus alegres copas de vino en los bares, los grupos de niños canturreaban por las calles… Recordaba lo que le decía su madre cuando era niño, antes de que el Señor se la llevara el día del accidente: “En Navidades, Eduardo, todo es posible”.

-¿Qué miras por la ventana, imbécil? –exclamaba la vieja al abrir súbitamente los ojos.

Entonces Eduardo Costas se encogía de hombros, corría las cortinas y volvía a leerle a su tía un Salmo, o alguna Epístola de San Pablo. Cualquier cosa que tuviera su tufo religioso y su peste de mala hostia.

En el edificio de en frente, al otro lado de la calle, podía verse una vivienda donde parecía que las Navidades duraran todo el año. A través de la ventana veía hombres alegres bebiendo y riendo en compañía de mujeres bellas y divertidas. Ellas enseñaban sus pechos como mazapanes y ellos las perseguían jugueteando por el piso, hasta cazarlas y llenarlas de besos y caricias.

-¡Son putas, Eduardo! –clamaba su tía persignándose escandalizada-. ¡Venden sus cuerpos por dinero, y sólo con mirarlas te condenas!

Pero Eduardo las espiaba todas las tardes, y lo único que veía era la felicidad que a él parecían haberle negado.

La noche del 24 de diciembre tía y sobrino cenaron en silencio bajo la luz mortecina de una lámpara antigua. Después de cenar rezaron y fueron a acostarse. Nunca había regalos en aquella casa.

Desde el piso de en frente, Jesi también había observado alguna vez a Eduardo. Veía su tristeza, la languidez de su vida, y recordó por qué se fue de casa de sus padres cuando tenía dieciocho años, y pensó con tristeza en la vida gris de aquel madurito bonachón.

Era Nochebuena, y la fecha no daba para muchas visitas. Era una noche tranquila para ella. Salió al balcón y respiró el aire  húmedo y frío de diciembre. A través de las cortinas intuyó la silueta de la vieja durmiendo en su mecedora, y el sobrino espiando la calle asomando su cara con discreción.

-Han cancelado la visita de las diez –le dijo Mónica, compañera de piso y profesión.

-¿Qué esperabas? –respondió Jesi.

-Ya anda el tío ese –dijo Mónica.

-Déjalo, sólo mira.

-Que lea literatura erótica o que se compre una muñeca hinchable.

-¿Y no te parece bonito? Está tan solo, viviendo con esa horrible mujer…

-¡Mis tetas no son gratis! –exclamó Mónica sacando pecho.

-Está tan solo… -suspiró Jesi.

-Deja de decir chorradas y termina de vestirte, no pienso llegar tarde al Pascha. ¡Fiestón de Nochebuena! –exclamó entusiasmada.

-Tía, la Navidad es otra cosa, debería ser otra cosa.

-¿Pero de qué coño me hablas?

Jesi permaneció en silencio unos instantes. Vio a su vecino asomado con miedo a la ventana, observando con ojos de niño hambriento la calle. Había apoyado una de sus manos en el cristal.

-Tía, yo no voy.

-¿Qué no vienes?

-No, no voy.

-¿Estás gilipollas o qué?

-No sé, me da igual. No voy.

 

Eran más de las doce, y hacía ya un par de horas que su tía se había acostado. Eduardo seguía en el salón oscuro, observando los muebles viejos, como de posguerra, entre los que vivía enterrado. Aburrido y melancólico se levantó para acostarse también cuando oyó que llamaba débilmente a la puerta. No solían recibir visitas nunca, de modo que se sorprendió y tardó en reaccionar. Fue a la puerta y la abrió. No había nadie. Tan sólo una caja de regalo con un lazo rojo atado. Lo cogió extrañado, y tardó unos instantes en decidirse a abrirla. Dentro había solo una nota. “En Navidad todo es posible”.

Eduardo miró por el descansillo pero no vio a nadie. Volvió a meterse en casa, rascándose el cogote. Una luz rojiza penetraba por la ventana del salón. Se asomó a la ventana y vio un letrero luminoso con luces rojas: “4º C”. Así que ese era el piso donde vivían las alegres señoritas. Dudó qué hacer unos instantes. ¿Era algún tipo de broma? ¿O una trampa de su tía, para delatar al depravado que latía dentro de él? ¿Una prueba del Señor?

Eduardo recordó todas las ocasiones en que había soñado con compartir la alegría de aquel lugar donde era Navidades durante todo el año, y se dijo a sí mismo que ya era hora de tener iniciativa, de dejar de ver la vida pasar. Recordó a las muchachas que contemplaba a través de las ventanas, oh, delirio de deseo, carne de lujuria que jamás había . Su tía dormía profundamente, de modo que no parecía haber peligro por allí. Cogió su abrigo y fue para allá.

 

-Hola, soy Jesi –dijo Jesi al abrir la puerta.

Eduardo la miraba con los ojos abiertos, sin poder decir nada. Aquella diosa pelirroja con carita de muñeca llevaba un corsé rojo, medias negras que reptaban por sus sinuosas piernas y zapatos rojos de tacón. Era como un ángel de la Navidad. Jesi le cogió de la mano y le metió en su casa. Aquel sí era un lugar agradable. La luz era cálida, los muebles modernos y acogedores. Había un cuadro de una mujer desnuda de espaldas, y aquello de algún modo le reconciliaba con su propia naturaleza.

Sin decir nada, Jesi le desabrochó los pantalones y se agachó. Agarró su miembro con delicadeza y se lo metió en la boca. Apenas tardó unos segundos en ponerse duro, y otros tantos en eyacular. A Eduardo le temblaban las piernas, y sintió rubor y placer al mismo tiempo.

-Pe… perdona –masculló Eduardo.

-No pasa nada –respondió sonriente Jesi, mientras limpiaba de su boca los restos de semen-. Vamos a seguir toda la noche. En Navidad todo es posible, ¿no?

Jesi le llevó de la mano al salón y le sentó en el sofá. Le sirvió una copa, que Eduardo, nervioso, bebió de un trago. Jesi volvió a meterse su polla en la boca, y el pene volvió a ponerse duro súbitamente. Eduardo no entendía nada, pero aquello era simplemente maravilloso. Se sentía embriagado, como en una nave a la deriva, pero al mismo tiempo invadido de paz y placer.

-¿Eres una diosa, una maga? ¿Quién eres? –exclamó Eduardo poniendo los ojos en blanco.

Jesi se levantó, sonriendo pizpireta. Sin apartar la mirada, se bajó las braguitas. Acarició después con ternura la cara de Eduardo, que le miraba embelesado.

-Se te ve tan solo… -dijo ella.

-So… soy el hombre más feliz del mundo –masculló Eduardo, casi en trance.

Jesi se puso a cuatro patas en el sofá. Eduardo se abalanzó sobre ella y la penetró. Jesi notaba la torpeza de sus movimientos, pero los acogía con cariño y generosidad, y de algún modo, la llenaba de placer también. Eduardo jadeaba como un chimpancé torpe. Aparte de su poderoso trasero, le fascinaba el cabello rojizo que se agitaba de un lado a otro por las embestidas. Aquello era más que un sueño, un fuego dulce e incontrolable. En sus manos tenía la mujer más bonita que nadie podría haber imaginado, y su polla hurgaba dentro de una vagina de seda.

Toda su vida había escuchado hablar de Dios, pero la idea que se había formado era de algo que olía a naftalina y madera húmeda y podrida. Si existía un dios, ese dios era bueno, ese dios anidaba en seres como Jesi, que regalaban el placer último, la orgía divina, el trascender de los paseos por el parque, las colas del supermercado, el grito del funcionario de Hacienda…

Al final, Eduardo terminó mediante un grito que pudo escucharse en toda la calle, un orgasmo que había estado esperando casi cuarenta años, y cayó rendido sobre la espalda de Jesi, que descansaba relajada y feliz.

-Así que esto era realmente la Navidad –murmuró Eduardo, aún en trance, medio borracho de placer.

-Ahora lo entiendes –dijo ella.

-Verás cuando se lo cuente a mi tía.

 

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